lunes, 30 de abril de 2012

EL EXPOLIO BIBLIOGRÁFICO DE MENDIZÁBAL




No compartimos la visión que de las bibliotecas conventuales nos dan las recientes modas literarias, que las trasforman en lugares secretos, inaccesibles y en ocasiones hasta tenebrosos, la verdad histórica es que las bibliotecas conventuales eran unos espacios de meditación y estudio que guardaban en sus estanterías numerosas obras religiosas, pero también libros sobre materias profanas como los tratados sobre la política, las artes y las ciencias de la época. Las distintas órdenes monásticas tuvieron siempre un gran interés en la formación de sus bibliotecas, imprescindible en todos los conventos, destinando fondos para renovarlas y disponiendo normas rigurosas para su uso y conservación.

Esta cultura bibliográfica conventual quedó truncada con las sucesivas leyes desamortizadoras que esquilmaron el patrimonio de las órdenes religiosas incluidas sus magníficas bibliotecas. ¿Cuál fue la situación en la provincia de Cádiz? Es probable que antes de la llegada de los agentes desamortizadores, algunos conventos procedieran a ocultar, ceder o enajenar algunas obras, pero se trataría de casos aislados, el caso es que los encargados de inventariar y retirar los fondos se encontraron en muchos casos con unos estantes esquilmados, como reflejaron en las actas que levantaron.
En algunos conventos sencillamente la biblioteca no existía, como ocurre en el Hospital de San Juan de Dios de Medina Sidonia “no existiendo libro alguno en este convento, por consiguiente carece de biblioteca”.
En otros estaban reducidas a una mínima presencia como en el convento de Santo Domingo de Alcalá de los Gazules donde sólo había “Dos estantes de pino viejo con varios libros de pergamino, habiendo algunos de pasta, todo en muy mal estado, otro también de pino con libros viejos de pergamino y pasta”, o en el San Gerónimo de Bornos donde encuentran “estanterías vacías, y sólo doce libros de coro grandes”.
Cuando encuentran bibliotecas más completas, no demuestran mucho interés por catalogar los libros encontrados. En Arcos de la Frontera describen así la biblioteca del convento de Franciscanos observantes: “Es una grande habitación cubierta todas sus paredes de estanterías que tienen en una parte y en otra ocho entrepaños, casi todos llenos de libros, al parecer antiguos, muy pocos o ninguno modernos, encuadernados en pergamino y muy pocos en pasta, hay de todos tamaños y en grande número”, y posponen para más adelante la redacción de su catálogo porque “las premuras del tiempo no permiten reconocer y apuntar las portadas de todos ellos y de los volúmenes que cada obra contenga”.
También se advierte el desinterés de los funcionarios por el valor de las obras, como las existentes en el convento de los Franciscanos descalzos de Arcos de la Frontera “Un estante con cuatro columnas y cinco entrepaños y otro estante con cinco entrepaños, llenos de libros en folio encuadernados a la antigua, casi todos de ningún valor”. También resaltan el escaso valor de las obras en el convento de Mínimos de Conil de la Frontera: “En tres tablas hay como 60 libros, todos encuadernados en pergamino maltratados e incompletos”.
Excepcionalmente algunos conventos conservan la mayor parte de la biblioteca como en el Carmen de San Fernando, aunque muy mermada como informa al Alcalde el Superior de la comunidad “de resultas de las vicisitudes de la Guerra de la Independencia y en el incendio que sufrió después de ella se hallan completamente desordenados los libros, habiendo quedado casi todas las obras incompletas”.
El promedio de libros que contenían estas bibliotecas, oscilaba alrededor de los 200 como en la Merced de Cádiz, o los conventos jerezanos de la Santísima Trinidad y Santo Domingo. Menor número contenían en San Telmo de Chiclana o en los Capuchinos de El Puerto de Santa María. Cerca de 1.000 libros contenían las bibliotecas jerezanas de los Capuchinos y del Colegio de la Victoria, siendo la mayor localizada la antes citada del Carmen de San Fernando, con 2.551 libros, que si se completa con los tomos desaparecidos durante los sucesos que protagonizó La Isla durante el asedio francés, pudiera alcanzar fácilmente los 3.000 o 4.000 ejemplares, cifra que sería el promedio de los fondos conventuales de la provincia, a la vista de los catálogos que se conservan anteriores a la Desamortización. 
La causa del desmantelamiento de estas bibliotecas puede deberse fundamentalmente a dos causas, a la previa ocultación o venta por la comunidad de los libros ante el destino incierto que les esperaba o simplemente al expolio sufrido por los conventos que, tras la exclaustración y una vez que salieron sus moradores, se quedaron durante días sin la mínima protección, abiertas o rotas sus puertas y expuestas al saqueo todas sus pertenencias, como expone Fray Gerónimo, Guardián de los Capuchinos de Cádiz a la comisión que le pregunta por los libros que estaban en las estanterías vacías “las puertas fueron abiertas por las personas que se introdujeron en el convento el día de la salida de los religiosos y que no han vuelto después a aparecer”.   
¿Qué ocurrió después con los libros de estas bibliotecas? Ya vimos el poco valor que les daban los funcionarios encargados de los inventarios, pues los libros, al contrario de lo que pasaba con las propiedades inmuebles, apenas si tenían salida en el mercado. Suponemos que correrían una suerte parecida a las obras de artes, cuadros e imágenes, que se mandarían a Cádiz para ser almacenados de cualquier manera, a la espera de mejor destino.
Con la creación de las Bibliotecas Provinciales los libros que todavía se conservaban pasaron a engrosar sus fondos, como ocurrió en la de Cádiz, donde es posible rastrear su origen y evocar los días en que fueron más leídos que ahora como instrumentos de estudio y de trabajo. El resto andará por los anaqueles de bibliófilos privados o de universidades extranjeras. Otra riqueza cultural provincial desaparecida.

            Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

ALBAÑILES AIRADOS




Una cárcel del XVII

Como una pequeña pincelada de la vida cotidiana de Cádiz en el siglo XVII, traemos este relato extraído del Protocolo Notarial  de un escribano gaditano, que nos ilustra sobre la gravedad que se daba en esa época a ciertos insultos:

“Hoy veinticinco de septiembre de 1650, estando a la puerta de la Cárcel Real de esta Ciudad, por la reja de ella aparecieron Juan de Pita y Andrés García vecinos a los que conozco y que dijeron”, y aquí cuentan su historia. Se encontraban presos por una querella de Domingo Hernández que los acusó de haber ido el día dieciséis a las 8 de la noche a su casa a matarlo, aunque su mujer pudo cerrar la puerta dejándolos en la calle, por lo que intentaron derribar las puertas y al no conseguirlo comenzaron a gritar”sal de aquí, perro, ladrón, mulato, cornudo que a ti venimos a buscar para matarte”.

Los presos niegan los hechos y cuentan al escribano que, “fueron esa noche a su casa a hablarle y a pedirle un poco de dinero que les debía de los días que se habían ocupado como peones de albañil que son en la obra que habían hecho en su casa y que su mujer les cerró la puerta y por eso llamaron repetidas veces y que les abriese y les pagase”, aunque reconocen que “dijeron otras palabras que de presente no se acuerdan”.

Manifiestan la buena opinión que tienen del querellante, “tienen al dicho Domingo Hernández por hombre honrado, de buena vida y fama y limpio de toda mala raza y persona tal en quien no concurren ni pueden concurrir las dichas palabras ni alguna de ellas”. En cuanto a su esposa “la dicha su mujer ha sido y es muy honrada y de quien se ha entendido y entiende que ha cumplido con las obligaciones de su estado sin haberle hecho adulterio ni traición al dicho su marido viviendo como mujer honrada”.

Terminan su declaración con elogios al querellante y la promesa de no volver a molestarle,”los otorgantes le han tenido y tienen al susodicho por un amigo íntimo y se obligan que en saliendo de la prisión en que están no tendrán ruido, pendencia ni otra manera, ni molestarán de palabra o de obra al dicho, a su mujer, ni a los testigos que juraron en fase sumaria”.

Como fiadores para salir de la cárcel proponen al Capitán Pablo de Vargas y al Sargento Alonso de Espina, ambos de la Compañía de Don Cristóbal Marruffo de Villavicencio.

Al día siguiente los militares fiadores asisten a  la escribanía y se reúnen con el querellado Domingo Hernández, quien llega aun acuerdo y les perdona “por haberse retractado de las dichas palabras”.

Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz

           
           

lunes, 9 de abril de 2012

BILLARES EN CÁDIZ




Así serían los billares gaditanos de antaño

                                                                      En recuerdo a los jugadores de los billares
 Venancio y Gaditanos de la calle Sacramento.

            Aunque invento inglés, el billar como hoy lo conocemos se popularizó en Francia a principios del siglo XVII, por lo que es conocido como “billar francés”. No había pasado el siglo cuando ese juego ya tenía mesas en Cádiz, quizás importado por la colonia francesa.
            Pero será durante el siglo XVIII cuando adquiriría su mayor esplendor, ya que las mesas del tapete verde compartirían espacio con los cafés, aunque también habría locales exclusivos para este juego las “casas de billar” y muchas mesas “corsarias” o “billares sueltos” que estaban dentro de casas particulares y eran más difícil de localizar por lo que sus propietarios podían eludir el pago de los impuestos.
            En el caso de los cafés la existencia de una mesa de billar podía aumentar el precio de los traspasos, como el que lleva a cabo el francés Francisco Igún, que paga en 1777 a su compatriota Lázaro Asié 190 reales de vellón por el traspaso de su café de la calle Solano al incluir en el mobiliario “una mesa del juego de Villar con sus pertrechos”.
            Al acabar el siglo XVIII había en Cádiz 10 “billares sueltos” y 14 “casas de billar” que sumaban 24 mesas, siendo la más importante la de la calle Rosario 76, que atendía su propietario José Cansino con 3 empleados.
            Además se podía jugar en otros 12 cafés que tenían otras 25 mesas.
            En cuanto al contenido de una de esas salas domésticas de billar lo podemos obtener de la escritura por la que Josefa Brun arrienda en 1795 a Andrés López Cantero “una mesa de villar que se halla en actual uso en una sala interior del bajo de la casa número 42 de la Plazuela de Gaspar del Pino”.
            Contaba con “mesa con paño y camisa de dos años que tiene de trabajar, 6 candilejas con sus perchas, otra candileja más chica para el día, una carambola rebajada y 13 bolas de marfil para guerra, una de ellas inservible, una taquera con 13 tacos, la garza y las medianas, 9 bancos de pino, otro para preparar las luces, 2 mesas de lo mismo con cajón, una percha vieja para colgar sombreros, 4 vidrieras con 8 vidrios y una pizarra para señalar los tantos, todo lo cual se halla en la dicha sala y en actual servicio”. Una sala completita.
            Buen juego y que hagan muchas carambolas.
              Del Archivo Histórico Provincial de Cádiz.







EL TEMOR A LA PESTE EN CÁDIZ






La peste en Nápoles en 1657 de Doménico Gargiulo


En los siglos pasados las epidemias que recorrían toda Europa podían cebarse fácilmente en una ciudad portuaria como Cádiz expuesta al contagio por mercancías y por personas procedentes de lugares infectados. Para evitarlo las autoridades procedían a reforzar la vigilancia de las puertas de entrada de las murallas, al tiempo que adoptaban medidas de higiene general como el aumento de la limpieza de las calles o la prohibición de concentraciones en lugares como el corral de comedias.

Las noticias de las epidemias podían venir de marinos y viajeros procedentes de los lugares infectados, otras veces el aviso del peligro provenía de otras autoridades, como en 1605 cuando el Consejo de Castilla, ante la peste existente “en La rochela y islas comarcanas y en la ciudad de Rems y Lavastida”, ordena que “no se permita entrar en el puerto de la ciudad gente, ropa ni mercaderías de Nantes ni de Burdeos”.

En el verano de 1637, al conocerse que ha aparecido una epidemia en Málaga y que “han salido de ella muchas personas derramadas por los lugares sanos”, se disponen medidas restrictivas para entrar en Cádiz, como el que las guardias de las puertas “garanticen la ciudad con examinar a las personas que de fuera vinieren, reconociendo la ropa o mercaderías que tuvieren para que se las evite y excuse el concurso de gente que ocurre a esta ciudad”. Además impedirán la entrada no sólo a las llamadas “mujeres de mal vivir” sino a “ninguna mujer tapada ni descubierta no siendo para haber de ir a hacer viaje fuera de esta ciudad”. Tampoco se dejaría entrar en Cádiz a “ninguna persona que no haya venido a negocio preciso y forzoso los cuales han de traer testimonio de sanidad”.

Además se ordena la expulsión de las personas sospechosas de ser más receptivas a la enfermedad, “que a los vagamundos y personas que no tienen oficio ni ejercicio que andan vagando en esta ciudad se les eche fuera de ella con toda brevedad”.

Se prohíbe la entrada de ciertas mercancías como la ropa “que no entre ropa de fuera” ante el temor de que viniera ropa de personas enfermas, dada la fuerte demanda que había de ropa de segunda mano por las personas más pobres y para revenderla en las Indias.

Otra de las medidas higiénicas ordenadas era el incremento de la limpieza de las calles “que continúe el barrer y regar las calles y se lleve a penas los que no lo hagan”.

Para evitar las aglomeraciones que permitirían el contagio de la enfermedad, ante el peligro de epidemia se suspenden las representaciones teatrales, como ocurre en 1677 cuando el Cabildo municipal prohíbe que actúe la compañía contratada por el hospital de San Juan de Dios para su corral “por haber peste en Cartagena” y como compensación concede al hospital una ayuda de 2.000 Reales de Vellón.

Al año de haber pasado el peligro de epidemia, se decide reanudar las representaciones en el corral, pero esta vez es el Obispo el que se opone argumentando que “ya que Dios ha librado a Cádiz de la peste, Cádiz no puede consentir tantas ofensas a Dios”. La comunidad del hospital protesta por los gastos que le cuesta “haber traído una compañía de Pascua a Septiembre” para que luego no se la dejara actuar. El Obispo le ofrece una limosna de 14.000 Reales de Vellón para compensarle por los gastos y los ingresos dejados de percibir, sin que los de San Juan de Dios cedieran, llevando el tema al Cabildo municipal que celebró una votación secreta en la que venció la afición de los regidores a los espectáculos teatrales permitiéndose que se levantara la porohibición y se reanudaran las representaciones de comedias.

Del Archivo Municipal de Cádiz.

GALLEGOS DE UNIFORME




Milicianos artilleros de Cádiz
Para que Paco los una a su colección de
soldados de plomo que tendrá en el cielo.


            En estos días se han visto muchos uniformes por la ciudad de Cádiz, supongo que mantendrían fidelidad a los que lucieron los defensores de la ciudad durante esa guerra.

Una de esas tropas era la Milicia de Artillería que estaba formada por los cargadores gallegos del muelle de Cádiz que atendían a la defensa de las murallas, como ellos describen años después, “porteando en sus mismos hombros y a esfuerzos de sus brazos los cañones, morteros, balas, cureñas y demás pertrechos de guerra que se ofrecen para la guarnición y defensa de la Ciudad”. Veamos su creación.

En 1794 se aprueba el “Reglamento para la formación, pie y fuerza de las Dos Compañías de Artillería Urbana de esta Plaza”. En él se las considera integradas en las Milicias Urbanas, y debían enrolarse en ellas “los Palanquines, Mandaderos y demás Cuadrillas de esta clase”.

Sus integrantes se elegirían atendiendo a “la estatura, robustez y agilidad que necesitan para el objeto a que se les destina” o sea para el transporte y manejo de los cañones.

Aunque se procuraría que escogieran para hacer “su instrucción los días en que no se siga perjuicio al trabajo”, si no había más remedio, cada día que se les privara de su trabajo se les pagarían “los mismos tres reales que las Milicias Urbanas de Infantería”.

En cuanto a su vestimenta tendrían “el mismo uniforme de la Milicia Urbana con la sola diferencia de ser el collarín encarnado con el galón que usa la Artillería y tener en la vuelta una granada roja”. ¿Bonito no?

 Del Archivo Municipal de Cádiz.

EL COMERCIO Y LA VENTA CALLEJERA EN CÁDIZ






Gitana vendedora ambulante

         
El comercio de Cádiz ha luchado a lo largo de su historia contra la venta ambulante, defendiendo sus intereses contra los mercaderes libres que no tenían las mismas cargas y obligaciones que las tiendas permanentes. Veamos algunos casos que confirman el dicho “no hay nada nuevo bajo el sol”.

            Nada menos que en 1609 un grupo de comerciantes “vendedores de lencería de la calle Nueva” se dirigen al Cabildo municipal diciendo que meses atrás ya se habían quejado “de los inconvenientes y daños que resultan a esta república de consentir anden vendiendo géneros de mercaderías hombres por las calles”, sin que se les hubiera hecho caos, por lo que pedían que no se permitiera esta venta ambulante.

            El Ayuntamiento presionado adoptó este acuerdo, “que ninguna persona que no tenga tienda pública no pueda andar ni traer ni ir vendiendo por las calles ningún género de lencería”, en caso de incumplimiento se le impondría una multa de 1.000 maravedís. Aunque aclaraba de que esto no afectaba a “los forasteros de Castilla la Vieja, los extranjeros y otras personas que vienen de paso a esta ciudad”. Aunque este acuerdo no fue unánime, pues el regidor Jerónimo Hurtado se opuso “porque en todas las ciudades se usa vender por las calles lo que quieran”.

            Pero la venta ambulante no cesaba, en especial en el entorno del mercado de la plaza de San Juan de Dios, donde se vendían productos alimenticios fuera de los “cajones” o puestos municipales, como denuncia en 1683 Bernardo del Monte, arrendador de la renta de la verdulería: “frente de la panadería se ponen mulatas vecinas de Xerez, Medina, Gibraltar y otras partes, a vender frutas sin pagar derechos algunos”, lo que según el denunciante había originado que los puestos que el administraba “están vacíos sin arrendar”, consiguiendo que el Ayuntamiento prohibiera a estas vendedoras ambulantes ejercer su oficio.

            En esta plaza también se vendían otros productos, en 1643 Jerónimo de Barahona y Ana de Soto se quejan que tienen tiendas y almacenes de loza en la ciudad y pagan todos los impuestos y hasta cumplen con sus deberes con la Milicia local, “acudiendo con sus guardias, rondas y centinelas cuando les toca” y sin embargo el Cabildo municipal “ha permitido a los forasteros que se pongan en la puerta del Mar, en la aduanilla y en la misma plaza a vender “ y solicitan, sin conseguirlo, que se les prohíba la venta ya que creen que “deben ser preferidos los que cumplen con estas obligaciones” como hacen ellos.

            Un suceso lleno del espíritu de la picaresca que inundaba Cádiz en esa época por su condición de puerto de mar cosmopolita lo en 1618  el verdugo local Domingo de Castro. El cargo de verdugo en Cádiz estaba muy mal pagado, su titular era casi siempre un esclavo alquilado a su dueño y que vivía casi en la miseria, por lo que no extraño que buscara triquiñuelas para sobrevivir.

            El caso es que este verdugo escribe al Ayuntamiento exigiendo una vivienda ya no cobraba y el domicilio que se concedía era la propia cárcel,  “como esclavo que soy se me de casa”, y luego destapa una corruptela. Al parecer “si algunas gitanas vendían por la ciudad” se “concertaban” con su antecesor para que les dejara vender “y lo que le daban poco o mucho era para ayuda de sustento”, pero “al querer yo hacer lo propio por comer y ser tampoco la paga”, y pedir “a las gitanas que me diesen algo, si habían de vender”, otro funcionario municipal, “Juan el pregonero les dice que con él lo han de haber, y no conmigo”, seguramente sería otro esclavo ya que solían ocupar el oficio de pregonero. Pero no contento con eso “fue a mi posada a tratarme mal de palabra diciendo que soy un pícaro verdugo y que me entremeto con las corredoras”.  Exige “que se cumpla lo que a los demás de su oficio”, incluida la “propina” por permitir la venta ambulante. El cabildo municipal acordó fijarle un sueldo de 42 reales de vellón cada mes para que se pagara una casa, sin darse por enterado del cobro a las pobres gitanas vendedoras.

            Este conflicto continuaba todavía en 1719 cuando el Ayuntamiento tuvo que defenderse de un pleito en la Chancillería de Granada, desconocemos contra quien, al haberse impugnado la ordenanza municipal “prohibiendo que por las calles se vendan lienzos, encajes, listonerías y otros órdenes semejantes”.

            Lo dicho “nada nuevo bajo el sol”.

            Del Archivo Municipal de Cádiz.

jueves, 29 de marzo de 2012

El Rastro de Cádiz

         



En la América Hispana se siguen denominando "Rastro".

            
            En el siglo XVII en Cádiz, como en otras poblaciones, se conocía como “el Rastro” al matadero que suministraba la carne a la población civil, pudiendo deberse su nombre al rastro de sangre que dejaban los carros que trasportaban las reses y despojos hacia las carnicerías. Se encontraba situado en la Plaza de San Roque donde se ubicaba la ermita y el baluarte de ese nombre, en el mismo lugar en que permaneció hasta bien entrado el siglo XX cuando se trasladó al otro confín de la ciudad en los terrenos arenosos existentes tras las instalaciones de la Telegrafía sin Hilos donde ha permanecido ya sin funcionar hasta hace pocos años.

Su localización contribuyó a la creación del ambiente taurino y  flamenco del barrio de Santa María, pero su emplazamiento no estaba libre de quejas por las incomodidades que ocasionaba: En 1682 el Cabildo municipal, “para completar la obra de la muralla que está detrás de la Iglesia de San Roque”, consideró “necesario derribar el matadero y tripería”, ya que “molestan sus inmundicias la entrada de la ciudad y a la Iglesia y Santuario de San Roque”, estimando el lugar más a propósito para ubicarlo el “contiguo al Baluarte de Benavides donde hay lugar bastante y no molesta a la ciudad ni a sus vecinos” y “estando tan a la mano el combatidero del agua de la mar de la bahía”.

Pero la Corona tenía otro punto de vista, ese mismo año comunica al Municipio “Que la ciudad había empezado a demoler el matadero, tripería y demás oficinas que allí tenía para acabar el lienzo de muralla en el sitio que llaman el salto”, pero “ese era el sitio en que tenía que estar, en los arrabales de la ciudad”, el motivo “porque las inmundicias las tiraban al mar y los vapores se los llevaban los aires al mar sin que entrasen en la ciudad el mal olor del matadero”. La orden real al Cabildo municipal es tajante “no hagáis ni permitáis novedad alguna sobre ello”.

            Ante esto se reformó y amplió el viejo matadero, demoliéndose para ello la ermita de San Roque. En el extremo opuesto de las Puertas de Tierra también se derribó la ermita de Santa Elena, cuyo único recuerdo es la cruz sobre la garita que corona el impresionante lienzo de muralla que ahora podemos contemplar. Por cierto que la obra la realizó el maestro Jerónimo Alonso poniendo el material y los albañiles, costó 43.279 reales de vellón, de los que le pagaron sólo 25.846 dejándole el Cabildo a deber el resto, siguiendo una curiosa costumbre municipal del siglo XVII que afortunadamente no tuvo continuación.
           
             Con el tiempo el nombre del rastro se perdió en Cádiz mientras se conservaba en América y en otro lugares como Madrid, aunque perdiendo en la capital su sentido original. 

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

EL HUMO DEL DIABLO



Un aspecto desconocido de la sanidad pública en el Cádiz barroco es la  constante preocupación municipal por la calidad del tabaco. Siendo el de Cádiz junto con el de Sevilla el puerto de entrada de la planta americana en Europa, sus regidores no podían consentir la mala calidad del tabaco que se vendía a los gaditanos, en especial del picado y en polvo, ya que los listos (golfos) de la época se encargaban de adulterado con otros productos que se le asemejaran visualmente.

En bastantes ocasiones los regidores municipales se hacen eco del malestar público por esa mala calidad, los gaditanos se quejaban constantemente con la misma frase “el tabaco es malo”. En 1676 el regidor Pedro Tomás de Baeza denuncia al Alcalde Mayor que hay muchas quejas por el tabaco del estanco principal del Tabaco y todas las tiendas que se proveen de él, por lo que el Cabildo municipal acuerda hacer una inspección del “estanco principal del Tabaco y de todas las tiendas que se proveen de él” y se descubre que el tabaco “se mezcla con almagre y otros ingredientes de que se seguían grandes inconvenientes y que era materia grave y que se debía poner remedio”.

Pero el remedio no serviría ya que dos años después los vecinos se quejan del tabaco de polvo que se vende por ser de mala calidad al venderlo “mezclado don almagre y otras cosas y produce enfermedades”, en lo que se adelantaron al Doctor Ares, acordando los ediles “Que se reconozca el tabaco que se vende en los estancos”.

La persistencia en los abusos en la calidad del tabaco obligó en 1699 al Cabildo a acudir al Gobernador denunciando “los excesos que comete Don Clemente Guimbarda” que era el responsable nombrado por la Corona para perseguir los fraudes del tabaco, consiguiendo su destitución.

            Años después, al convertirse el tabaco en un artículo de primera necesidad, se estableció la fábrica de tabacos en la calle Rosario frente a la calle Nevería, hoy Marqués de Valde-Íñigo, que comenzó la producción industrial del mismo garantizando su calidad.

            Para ver la importancia de dicha fábrica nos fijaremos en su plantilla laboral, que en 1800 estaba formada, en las oficinas y servicios generales por 11 personas con el Administrador, Contador, Interventor, Oficiales de oficina y 4 Porteros. En cuanto al personal que elaboraba el producto era todo femenino, junto a las dos Maestras de Labores, aparecen dos Porteras, 308 Laborantas de Número y 72 Supernumerarias, en total  395 personas. 

            Puede uno imaginarse el ambiente tan castizo y jaranero que se formaría en esa calle y sus alrededores con 380 cigarreras entrando y saliendo de su trabajo, menos mal que unos metros más arriba este ambiente sería contrarrestado con el de los pecadores penitentes que se dirigían a mortificar su cuerpo y serenar su espíritu en la cercana Santa Cueva.

            Del Archivo Municipal de Cádiz.

sábado, 24 de marzo de 2012

LUTO POR UNA REINA


Los funerales por las personas reales del barroco español tenían una celebración especial, en la que se unían aspectos religiosos y políticos para la exaltación de la Monarquía Católica. En Cádiz no era diferente, en 1689 se celebraron los de la Reina María Luisa de Orleáns, sobrina de Luis XIV de Francia y desventurada esposa de nuestro Carlos II, corriendo el Cabildo municipal con todos los gastos.

Se encargó la confección de un túmulo para la entonces Catedral y se puso de luto a toda la ciudad, no sólo a los bancos de la Catedral, también los porteros del Consistorio, los instrumentos mazas, trompetas, pífanos y tambores de los maceros, el caballo del pregonero que anunciaba la triste noticia, y hasta todos los empleados municipales incluida “la mujer de Francisco Hidalgo, portero que cuida de la limpieza de las casas Capitulares” a la que se le suministran, para su “saya y monillo”, 4 varas de tela negra.

En total se gastaron 33.631 Reales de Vellón que incluían 32 varas y media de felpa negra, 11 onzas de galón de oro, 27 piezas de bayetas negra, 8.900 reales que se pagaron al escultor y pintor Thomás Badillo que realizó el túmulo y 5.523 reales por la cera que suministró Juan de Peñalbaprocedente de su cerería de la Viña de Malabar.

            Del Archivo Histórico Municipal de Cádiz.

COSAS DEL SIGLO XIX


            
Qué cosas tan curiosas ocurrían en la Diputación Provincial de Cádiz en el siglo XIX, vean si no este acuerdo que se adoptó en la sesión plenaria de 18 de enero de 1856, sacado del Libro de Actas de ese año:
“Punto 59.- Advirtiendo los Señores Diputados que algunos de los empleados de esa Secretaría dejan de asistir constantemente a las horas y días marcados en el reglamento interior, preguntóse al Señor Secretario si el servicio público sufría algún retraso por esta causa y si las faltas se hacían con su permiso. Contestando que ningún retraso había en el primero y que no siempre tenía aviso previo de esas faltas de concurrencia, se acordó por la Diputación que, estando vigente el reglamento interior que rige en la Secretaría, el Secretario haga que se cumpla en todas sus partes; y que siendo el Jefe el responsable de la dependencia, a él toca fijar las reglas que más conveniente considere para el servicio de la misma, amonestando o haciendo amonestar al remiso o poco obediente y dando parte a la Corporación si reincidiese, para en tal caso adoptar la medida que mejor estime.”
 ¡Qué informales eran nuestros tatarabuelos!